Hace 4 años, cuando era un timorato alumno del Taller de Roberto Ángeles, llegó a mis manos la historia de Gabriel, el hombre ángel, y quedé rendidamente enamorado de su personalidad, su circunstancia y su maravillosa dualidad. Desde ese día, ponerme las alas a la espalda se convirtió en un sueño constante. Un sueño que tuvo que esperar buen tiempo hasta que el recuerdo de una primera puesta en escena fuera un poco más lejano, y el espacio para el surgimiento de una nueva propuesta fuera propicio.
Y fue así que, un buen día, llegó a mí el correo electrónico de Mariana de Althaus por “causalidad”. Lo tomé como una señal. Y armado de mucho entusiasmo, y excesiva temeridad, le escribí pidiéndole la cesión de los derechos de la obra. Ni bien recibí su gratísima aprobación, busqué a Ximena para proponerle el proyecto. Su enorme talento, generosidad, y constante búsqueda de verdad, fueron los que la llevaron a aceptar hacerse cargo de la Dirección. Desde ese día, nos embarcarnos juntos en la ardua tarea de buscar un ágil equipo de Producción, un elenco que encajara dentro de su visión del montaje y un espacio con la calidez y credibilidad suficientes como para hacer factible la existencia de los personajes de la obra.
Hoy, me siento inmensamente feliz de poder ver este sueño hecho realidad, gracias a la colaboración de un equipo tan extraordinario que supo adueñarse de este ideal con el mismo entusiasmo y compromiso con el que yo lo abracé hace unos años. Y, por eso, les estoy infinitamente agradecido. Gracias por su trabajo, por su paciencia y por su entrega.
Ahora, queda con ustedes la historia de Gabriel y sus “amigos”, que es, en buenas cuentas, la historia de la condición humana misma: incierta, dual, maravillosamente tierna y contundentemente destructiva. La historia de alguien cuya sensibilidad extrema, lejos de conectarlo con el mundo, lo hace sentirse totalmente ajeno a éste.
Bienvenidos al charco...
José Miguel Arbulú
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